domingo, 15 de junio de 2008

Buscando entre papeles y escritos

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Esta vez voy a colgar aquí una historia (como no inacabada, the story of my life...) que he encontrado rebuscando entre las cosas que he ido escribiendo desde hace tiempo. En particular esta me ha sorprendido porque me gusta bastante, y no la recordaba así, pero si consigo concentrarme puede ser muy interesante, eso me parece a mí al menos.
Esta no es de ciencia ficción como la mayoría que he ido escribiendo, es más profunda, y triste, que encajaba con como me sentía hace algún tiempo cuando la escribí, y me parece que vuelve a encajar otra vez...así que tal vez pueda hacer algo...

En fin, dejando a un lado el autopsicoanálisis, coloco la historia...para que la vea solo Hugo, pero bueno, daré las gracias por que alguien siquiera lo leerá.



A pesar del tiempo transcurrido sus pies aún recordaban el camino de regreso a su ya tan lejano hogar. Todo se encontraba tal y como él lo recordaba, todas las piedras, grandes y pequeñas, continuaban en su lugar, o al menos eso le parecía.
Quizá la felicidad que le provocaba su vuelta a casa nublaba sus sentidos pero, aún así, qué importaba si estaba de nuevo entre sus preciados árboles. Esos altos árboles en los que jugaba junto a sus hermanos y amigos. Esas bonitas casitas que tanto sudor causó a los padres de esos niños construir.
Allí donde un niño hace años creyó conocer el amor, su primer amor, en aquellos grandes ojos negros bajo aquel largo pelo ensortijado.
Sin embargo, ese recuerdo quedaba muy difuso entre el resto de ojos que en su vida conoció. Algunos le miraron con amor, o tan sólo con deseo, aunque, por desgracia, muchos más lo hicieron con odio. Mas los que mayor temor le hicieron sentir fueron todos los que clavaron en él su mirada, bajo una sombra de miedo. De un miedo horrible hacia él, hacia el dolor que él les hizo sufrir, hacia la muerte en la que les hizo sucumbir.
Pero la guerra ya acabó, todo formaba parte del pasado, por muy doloroso que fuese. Toda la sangre derramada en un principio sólo sirvió para derramar más aun en el transcurso de los años. Por suerte terminó, los cañones de las armas cesaron de rugir así como los gritos de los moribundos.
Y ahora había vuelto.

De improviso un niño surgió de un margen del camino. ¡Un niño! No un soldado hambriento de sangre. ¡Un niño! No un compañero a las puertas de la muerte. ¡Un niño! No un simple campesino pidiendo ayuda, con sus hijos rodeándole y el cuerpo de su mujer en brazos, como aquella vez…

Y el pequeño se acercó a él sin miedo, y él dejó caer el largo cuchillo que su mano había aferrado por simple instinto de supervivencia.

- ¡Hola! Se te ha caído esto – dijo el niño de cabellos dorados tendiéndole el arma.
- ¡Cuidado! – gritó el hombre arrebatándole rápidamente el afilado objeto - te puedes cortar.
- No te preocupes. Yo también tengo uno, más pequeño.
- ¿No eres demasiado…joven?
- Puede ser. ¿A dónde vas?
- Eh…pues…a mi casa – dijo el antiguo soldado asombrado por la falta de timidez del pequeño.
- ¿Vives aquí? Nunca te había visto…ah, debes ser soldado. ¿No?
- No, ya no. Hubo un tiempo en el que lo fui. Ya no, nunca más.
- ¿Puedes ayudarme? Es que estoy recogiendo moras, porque mi mamá va a hacer un pastel. Los hace muy buenos, ¿sabes? Si quieres después te doy un trozo. Él también fue a la guerra, hace mucho tiempo, pero no volvió a casa. Yo era muy pequeño y no me acuerdo, pero mi mamá aún está muy triste. ¿Vienes a coger moras? – soltó sin apenas respirar, mientras daba vueltas alrededor del cuerpo del hombre.
- ¿Él?, ¿tu padre?
- Sí. Se llamaba Roger. Roger Cave. ¿le conocías?
- No lo sé. Conocí a muchos hombres, pero de muchos ni siquiera llegué a saber su nombre.

Algunos sólo eran cuerpos tirados en las cunetas de las carreteras, en las lindes de los bosques, bajo las lonas de plástico, en los vehículos calcinados, o tan sólo restos indefinidos de algo que una vez fue un soldado. Un hombre, con su familia, con sus recuerdos, con sus miedos y que nunca más volvería a sentir el abrazo de la brisa en una calurosa tarde de verano.

Un grito apagado por la distancia deshizo el silencio que se creó entre ambos.

- Es mi mamá. Es la hora de comer. ¿Tu casa dónde está?
- Oh…creo que está a un par de kilómetros de aquí.
- Eso es muy lejos. Ven a comer a mi casa, a mi mamá no le importa, ven – dijo mientras cogía su mano.
- No, no, gracias – se disculpó soltando la diminuta mano- Tengo muchas ganas de llegar a casa, hace demasiado tiempo que no la veo.
- Vale. ¡Adiós!

Era rápido pese a su corta edad, un buen explorador, ¿qué tal usaría un fusil?...Al momento se dio cuenta de los pensamientos que se acababan de cruzar por su mente. Se odió a sí mismo por ello, y odió la barbarie de esos seres que se hacían llamar racionales.

Aún con todo continuó su viaje, que tan pronto llegaría a su fin.
Al poco de seguir caminando, en el lugar donde una amplia curva tocaba a su fin, observó algo. Mirando más detenidamente comprendió qué era aquello. Sí, sí lo era. El buzón de la casa de Maggie.
Algo se removió en su interior, por un momento su corazón pareció vencer las tinieblas heladas que lo envolvían. Para en apenas un segundo volver a ser engullido por ellas.
Unas ruinas cubiertas de ceniza era todo lo que había. Lo único que se mantenía en pie, aquel árbol. Los recuerdos volvieron de golpe a su mente, los ojos se le hundieron en lágrimas.
Mientras subía la frágil escalera todo se oscureció a su alrededor.
Volvía a ser un niño y una dulce carita se asomaba por la ventana de la casa de ese árbol.
Pero la realidad le sacó de su ensueño. Por ello, prefirió ni tan siquiera llegar a lo alto del árbol y penetrar en la casita de madera.

Así regresó al suelo y prosiguió su caminar. Tal vez al ver su hogar recobraría algo de lo que había perdido entre el silbido de las balas y el olor de la muerte.

Un rumor sordo se escuchaba en la lejanía. Al volverse observó un camión acercarse lentamente. En él, tres hombres viajaban sentados en la parte delantera, dentro de la cabina, y otros dos en la parte de atrás. El camión se detuvo justo a su lado y el conductor paró el motor.
Bajando la ventanilla, el hombre sentado al lado derecho de la cabina dijo:

- ¡Buenos días!
- Hola – respondió el hombre.
- Un momento…- comenzó a decir uno de los hombres que iban en la parte trasera- tú eres... ¡Mark Spencer! ¿Cuándo has vuelto?
- Pues hará un par de meses que desembarqué.
- Oh, estupendo. Perdona, pero tenemos prisa. Vamos a cortar algo de leña.
- ¿Quieres que te acerquemos a tu casa? – añadió otro.
- Vale. Gracias, chicos.

Subió a la parte de atrás ayudado por ambos hombres y se sentó apoyando la espalda en un lateral.




Continuará...o eso espero.



David

3 comentarios:

raquel dijo...

En primer lugar, gracias por tu comentario y por pasarte por mi blog. Tampoco es que mucha gente venga por el mío...

Sobre lo de recomendarte Tokio Blues, qué te voy a decir si Murakami es uno de mis autores favoritos, todos sus libros me han encantado. Quizás me haya gustado más Kafka en la orilla, es más fantástico, pero quizás precisamente sea Tokio Blues el mejor libro para empezar por este autor. No sé si viste de qué iba; se cuenta la historia de un chico, Watanabe, su paso de la adolescencia a la madurez, pero aparece tratado desde un punto de vista diferente, no sé, es la manera de enfocarlo lo que lo hace especial. Además, a mí también me gusta todo lo relacionado con Japón, y en los libros de Murakami aparece muy bien reflejada la sociedad japonesa actual, esa dicotomía entre la tradición y la influencia occidental.

Estos días ando un poco agobiada con el tema de selectividad, la tengo esta semana, pero en cuanto pase ya leeré lo que tienes en el blog, y ya me pasaré más veces. Ya que dices que necesitas publicidad, si quieres te puedo enlazar en mi blog, tampoco creo que ayude mucho pero quizás sí que te lea alguien más.

Por cierto, he visto que eres de Alicante. Yo he pasado muchos veranos allí, concretamente en Villajoyosa. Guardo de allí muy buenos recuerdos, por el lugar, la gente, todo.

Bueno, vaya comentario que me ha salido, jeje. Pues ya me pasaré con frecuencia por aquí. Un saludo.

Hugo C. dijo...

Guau!, debe d hacerme tanta ilusión como a ti ver un comentario q no sea nuestro. Antes de dar mi opinión sobre el relato del ex-soldado...¿has leído el señor de las moscas? es q creo haberlo visto en tu casa hace unos años ya. M lo acabo d leer, muy bueno, así da gusto. En cuanto al relato: sabes escribir, eso es todo. Que ese sea uno d tus hobbies es para...no sé, para tenerlo en cuenta :P

Por cierto, tengo alguna cosilla escrita por ahí, algún diálogo corto y simplón, si t hace ponerlo aquí...para mí sería todo un honor :P No se puede comparar con tu intensidad literaria pero...es lo q tiene nacer con un defecto literario congénito. Ciao.

Hugo C. dijo...

jajaja, perdón, si es q ya t dije q yo no sé escribir. Ahora q lo leo d nuevo...tienes razón. El "sabes escribir, eso es todo" suena a "sabes escribir, ya ves tú"
M parece buena idea ponerle ese título, tiene mucho q ver con el texto. Bueno, a ver si m pongo a hacer algo más útil q escribirle aquí a la máquina esta :P